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	<title>Aula de Filosofía de Eugenio Sánchez Bravo &#187; Kafka</title>
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	<description>Abrir puertas a la filosofía desde el arte, la música, la literatura, el cine, la ciencia...</description>
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		<title>Aula de Filosofía de Eugenio Sánchez Bravo &#187; Kafka</title>
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		<title>Kafka, La metamorfosis</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Oct 2008 08:57:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eugenio Sánchez Bravo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Kafka]]></category>
		<category><![CDATA[Lecturas recomendadas]]></category>
		<category><![CDATA[Edipo]]></category>
		<category><![CDATA[Metamorfosis]]></category>

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		<description><![CDATA[Franz Kafka, judío, escritor en alemán, nació en Praga en 1883. Licenciado en Derecho, trabajó en varias Compañías de Seguros hasta 1922. Murió de tuberculosis en 1924. En vida publicó sólo una pequeña parte de su obra incluyendo los relatos La metamorfosis (1912), La condena (1916), En la colonia penitenciaria (1919), Un médico rural (1919) [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=auladefilosofia.net&amp;blog=5352151&amp;post=231&amp;subd=farmacon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_470" class="wp-caption alignleft" style="width: 130px"><a href="http://farmacon.files.wordpress.com/2008/11/kafka.jpg"><img class="size-full wp-image-470" title="kafka" src="http://farmacon.files.wordpress.com/2008/11/kafka.jpg?w=468" alt="Franz Kafka"   /></a><p class="wp-caption-text">Franz Kafka</p></div>
<p>Franz Kafka, judío, escritor en alemán, nació en Praga en 1883. Licenciado en Derecho, trabajó en varias Compañías de Seguros hasta 1922. Murió de tuberculosis en 1924.  En vida publicó sólo una pequeña parte de su obra incluyendo los relatos <em>La metamorfosis</em> (1912), <em>La condena</em> (1916), <em>En la colonia penitenciaria</em> (1919), <em>Un       médico rural </em>(1919) y <em>Un artista del hambre</em> (1924). Tras su muerte, su amigo Max Brod, a quien Kafka había dado instrucciones de quemar el resto de sus escritos, decidió publicar las novelas <em>El proceso</em> (1925), <em>El       castillo</em> (1926) y<em> América</em> (1927). <em>Carta al       padre </em>también fue salvada del fuego por Max Brod y publicada póstumamente. Sus hermanas Elli, Valli y Ottla, así como la mayor parte de su familia, fueron asesinadas en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Kafka entregó su vida exclusivamente a la literatura. Rompió dos veces su compromiso matrimonial con Felice Bauer (1914, 1917) y renunció al amor de Milena Jesenska (1920). Se ha conservado la compleja correspondencia de Kafka con ambas. Milena murió en 1944 víctima del holocausto.</p>
<h2>Antes de empezar&#8230;</h2>
<ol>
<li><em>La metamorfosis</em>, el relato fantástico de la transformación de Gregorio Samsa en un bicho enorme, puede interpretarse de muchas maneras. Una de ellas es la <strong>biográfica</strong>. Samsa-Kafka perseguido por su padre y el jefe de la Oficina, traicionado por su hermana, apartado por su madre, tentado por el suicidio&#8230;</li>
<li>Otra interpretación posible es la <strong>psicológica</strong>. En este sentido <em> La metamorfosis</em> se transforma en una crítica implacable de las trampas   que existen en las relaciones familiares.</li>
<li>Otra visión posible es la <strong>simbólica</strong>.  El insecto representa a todos los marginados del mundo. Es fácil reconocer en la transformación del insecto los efectos de la vejez o del SIDA.</li>
<li>Para comprender<em> La metamorfosis </em>es recomendable haber leído   previamente la <em>Carta al padre.</em></li>
</ol>
<h2>Cuestionario para Filosofía I y Psicología</h2>
<ol>
<li>¿En qué aspectos del relato observas características del <strong>complejo de   Edipo</strong>?</li>
<li>Relaciona la metamorfosis de Gregor Samsa con <strong>otras metamorfosis</strong> mitológicas, literarias y cinematográficas.</li>
<li>Relaciona algunas de las tristes aventuras del bicho con los episodios   habituales que sufre un <strong>anciano</strong> cuando ya no le sirve a nadie y todos   quieren deshacerse de él.</li>
<li>Enumera los principales personajes del relato y explica cuál es su <strong> actitud hacia el insecto</strong>.</li>
<li>¿Qué implica para el bicho la pérdida del <strong>lenguaje</strong>?</li>
<li>¿Qué significa que el bicho pierda el <strong>pudor</strong>?</li>
<li>¿Cómo vive <strong>la muerte</strong> del insecto la familia de Gregor?</li>
<li>¿Cuál es la relación de Gregor con su <strong>hermana</strong>?</li>
<li>¿Por qué no desea Gregor que le retiren<strong> los muebles</strong> de su   habitación?</li>
<li>¿Cómo describirías el <strong>carácter de Gregor</strong>?</li>
<li>¿Crees que Gregor utiliza su <strong>autodestrucción</strong> para vengarse de su   familia?</li>
</ol>
<h2>Textos para comentar</h2>
<div>
<div>
<blockquote>
<p align="justify">Si no tuviera que dominarme por mis padres, ya me habría despedido hace tiempo, me habría presentado ante el jefe y le habría dicho mi opinión con toda mi alma. ¡Se habría caído de la mesa! Sí que es una extraña costumbre la de sentarse sobre la mesa y, desde esa altura, hablar hacia abajo con el empleado que, además, por culpa de la sordera del jefe, tiene que acercarse mucho. Bueno, la esperanza todavía no está perdida del todo; si alguna vez tengo el dinero suficiente para pagar las deudas que mis padres tienen con él – puedo tardar todavía entre cinco y seis años– lo hago con toda seguridad.</p>
<p align="justify">Franz Kafka: <em>La metamorfosis</em></p>
</blockquote>
<p align="justify">
<blockquote>
<p align="justify">–Gregorio –dijo entonces el padre desde la habitación de la derecha–, el señor apoderado ha venido y desea saber por qué no has salido de viaje en el primer tren. No sabemos qué debemos decirle,</p>
<p align="justify">además desea también hablar personalmente contigo, así es que, por favor, abre la puerta. El señor ya tendrá la bondad de perdonar el desorden en la habitación.(&#8230;)</p>
<p align="justify">El padre cerró el puño con expresión amenazadora, como si quisiera empujar de nuevo a Gregorio a su habitación, miró inseguro a su alrededor por el cuarto de estar, después se tapó los ojos con las manos y lloró de tal forma que su robusto pecho se estremecía por el llanto. (&#8230;)</p>
<p align="justify">De nada sirvieron los ruegos de Gregorio, tampoco fueron entendidos, y por mucho que girase humildemente la cabeza, el padre lo pateaba aún con más fuerza.</p>
<p>Franz Kafka: <em>La metamorfosis</em></p></blockquote>
<p><em><br />
</em></p>
<blockquote>
<p align="justify">Ellas le vaciaban su habitación, le quitaban todo aquello a lo que tenía cariño, el armario en el que guardaba la sierra y otras herramientas ya lo habían sacado; ahora ya aflojaban el escritorio, que</p>
<p align="justify">estaba fijo al suelo, en el cual había hecho sus deberes cuando era estudiante de comercio, alumno del instituto e incluso alumno de la escuela primaria.</p>
<p align="justify">Franz Kafka: <em>La metamorfosis</em></p>
</blockquote>
<p align="justify"><em><br />
</em></p>
<blockquote>
<p align="justify">Era una manzana; inmediatamente siguió otra; Gregorio se quedó inmóvil del susto; seguir corriendo era inútil, porque el padre había decidido bombardearle. Con la fruta procedente del frutero que estaba sobre el aparador se había llenado los bolsillos y lanzaba manzana tras manzana sin apuntar con exactitud, de momento. Estas pequeñas manzanas rojas rodaban por el suelo como electrificadas y chocaban unas con otras. Una manzana lanzada sin fuerza rozó la espalda de Gregorio, pero resbaló sin causarle daños. Sin embargo, otra que la siguió inmediatamente, se incrustó en la espalda de Gregorio; éste quería continuar arrastrándose, como si el increíble y sorprendente dolor pudiese aliviarse al cambiar de sitio; pero estaba como clavado y se estiraba, totalmente desconcertado.</p>
<p align="justify">Franz Kafka: <em>La metamorfosis</em></p>
<p><em><br />
</em></p></blockquote>
<p align="justify">
<blockquote>
<p align="justify">Gregorio avanzó un poco más y mantenía la cabeza pegada al suelo para, quizá, poder encontrar<br />
sus miradas. ¿Es que era ya una bestia a la que le emocionaba la música? Le parecía como si se le mostrase el camino hacia el desconocido y anhelado alimento.Estaba decidido a acercarse hasta la hermana, tirarle de la falda y darle así a entender que ella podía entrar con su violín en su habitación porque nadie podía recompensar su música como él quería hacerlo.</p>
<p align="justify">Franz Kafka: <em>La metamorfosis</em></p>
</blockquote>
<p align="justify"><em><br />
</em></p>
<blockquote>
<p align="justify">–Queridos padres –dijo la hermana y, como introducción, dio un golpe sobre la mesa–, esto no puede seguir así. Si ustedes no se dan cuenta, yo sí me doy. No quiero, ante esta bestia, pronunciar el nombre de mi hermano, y por eso solamente digo: tenemos que intentar quitárnoslo de encima. Hemos hecho todo lo humanamente posible por cuidarlo y aceptarlo; creo que nadie puede hacernos el menor reproche.</p>
<p align="justify">–Tienes razón una y mil veces –dijo el padre para sus adentros. La madre, que aún no tenía aire suficiente, comenzó a toser sordamente sobre la mano que tenía ante la boca, con una expresión de enajenación en los ojos.La hermana corrió hacia la madre y le sujetó la frente. El padre parecíaestar enfrascado en determinados pensamientos; gracias a las palabras de la hermana, se había sentado más derecho, jugueteaba con su gorra por entre los platos, que desde la cena de los huéspedes seguían en la mesa, y miraba de vez en cuando a Gregorio, que permanecía en silencio.</p>
<p align="justify">–Tenemos que intentar quitárnoslo de encima –dijo entonces la hermana, dirigiéndose sólo al padre, porque la madre, con su tos, no oía nada–. Los va a matar a los dos, ya lo veo venir. Cuando hay que trabajar tan duramente como lo hacemos nosotros no se puede, además, soportar en casa este tormento sin fin. Yo tampoco puedo más– y rompió a llorar de una forma tan violenta, que sus  ágrimas caían sobre el rostro de la madre, la cual las secaba mecánicamente con las manos.</p>
<p align="justify">–Pero hija –dijo el padre compasivo y con sorprendente comprensión–. ¡Qué podemos hacer! Pero la hermana sólo se encogió de hombros como signo de la perplejidad que, mientras lloraba, se había apoderado de ella, en contraste con su seguridad anterior.</p>
<p align="justify">–Sí él nos entendiese&#8230; –dijo el padre en tono medio interrogante. La hermana, en su llanto, movió violentamente la mano como señal de que no se podía ni pensar en ello.</p>
<p align="justify">–Sí él nos entendiese&#8230; –repitió el padre, y cerrando los ojos hizo suya la convicción de la hermana acerca de la imposibilidad de ello–, entonces sería posible llegar a un acuerdo con él, pero así&#8230;</p>
<p align="justify">–Tiene que irse –exclamó la hermana–, es la única posibilidad, padre. Sólo tienes que desechar la idea de que se trata de Gregorio. El haberlo creído durante tanto tiempo ha sido nuestra auténtica desgracia, pero ¿cómo es posible que sea Gregorio?</p>
<p align="justify">Franz Kafka: <em>La metamorfosis</em></p>
</blockquote>
<p align="justify"><em><br />
</em></p>
<blockquote>
<p align="justify">Pensaba en su familia con cariño y emoción, su opinión de que tenía que desaparecer era, si cabe, aún más decidida que la de su hermana. En este estado de apacible y letárgica meditación permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada. Vivió todavía el comienzo del amanecer detrás de los cristales. A continuación, contra su voluntad, su cabeza se desplomó sobre el suelo y sus orificios nasales exhalaron el último suspiro.</p>
<p align="justify">Franz Kafka: <em>La metamorfosis</em></p>
</blockquote>
<p align="justify"><em><br />
</em></p>
<blockquote>
<p align="justify">Mientras hablaban así, al señor y a la señora Samsa se les ocurrió casi al mismo tiempo, al ver  a su hija cada vez más animada, que en los últimos tiempos, a pesar de las calamidades que habían hecho palidecer sus mejillas, se había convertido en una joven lozana y hermosa. Tornándose cada vez más silenciosos y entendiéndose casi inconscientemente con las miradas, pensaban que ya llegaba el momento de buscarle un buen marido, y para ellos fue como una confirmación de sus nuevos sueños y buenas intenciones cuando, al final de su viaje, fue la hija quien se levantó primero y estiró su cuerpo joven.</p>
<p align="justify">Franz Kafka: <em>La metamorfosis</em></p>
</blockquote>
</div>
</div>
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		<item>
		<title>Kafka: Carta al padre</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Oct 2008 08:56:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eugenio Sánchez Bravo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Kafka]]></category>
		<category><![CDATA[Lecturas recomendadas]]></category>
		<category><![CDATA[Edipo]]></category>
		<category><![CDATA[Ottla]]></category>

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		<description><![CDATA[Franz Kafka, judío, escritor en alemán, nació en Praga en 1883. Licenciado en Derecho, trabajó en varias Compañías de Seguros hasta 1922. Murió de tuberculosis en 1924. En vida publicó sólo una pequeña parte de su obra incluyendo los relatos La metamorfosis (1912), La condena (1916), En la colonia penitenciaria (1919), Un médico rural (1919) [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=auladefilosofia.net&amp;blog=5352151&amp;post=230&amp;subd=farmacon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_4567" class="wp-caption aligncenter" style="width: 340px"><a href="http://farmacon.files.wordpress.com/2008/10/franz-kafka.jpg"><img class="size-full wp-image-4567" title="Franz-Kafka" src="http://farmacon.files.wordpress.com/2008/10/franz-kafka.jpg?w=468" alt=""   /></a><p class="wp-caption-text">Franz Kafka</p></div>
<p><strong>Franz Kafka</strong>, judío, escritor en alemán, nació en Praga en 1883. Licenciado en Derecho, trabajó en varias Compañías de Seguros hasta 1922. Murió de tuberculosis en 1924.  En vida publicó sólo una pequeña parte de su obra incluyendo los relatos <em>La metamorfosis</em> (1912), <em>La condena</em> (1916), <em>En la colonia penitenciaria</em> (1919), <em>Un       médico rural </em>(1919) y <em>Un artista del hambre</em> (1924). Tras su muerte, su amigo Max Brod, a quien Kafka había dado instrucciones de quemar el resto de sus escritos, decidió publicar las novelas <em>El proceso</em> (1925), <em>El       castillo</em> (1926) y<em> América</em> (1927). <em>Carta al       padre </em>también fue salvada del fuego por Max Brod y publicada póstumamente. Sus hermanas Elli, Valli y Ottla, así como la mayor parte de su familia, fueron asesinadas en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Kafka entregó su vida exclusivamente a la literatura. Rompió dos veces su compromiso matrimonial con Felice Bauer (1914, 1917) y renunció al amor de Milena Jesenska (1920). Se ha conservado la compleja correspondencia de Kafka con ambas. Milena murió en 1944 víctima del holocausto.</p>
<h2>Cuestionario para Filosofía y Psicología</h2>
<ol>
<li>¿Qué características del &#8220;<strong>Complejo de Edipo</strong>&#8221; observas en la <em> Carta al padre</em>?</li>
<li>¿En qué consistiría, en el caso de Kafka, el mecanismo de defensa conocido   como <strong>sublimación</strong>?</li>
<li>Según Erich Fromm ante un padre autoritario existen dos salidas: el <strong> retraimiento</strong> o el <strong>enfrentamiento</strong>. Sitúa a Kafka y a Ottla en   dicho esquema.</li>
<li>¿Cómo explica Kafka el funcionamiento de la <strong>hipocondria</strong>?</li>
<li>¿Qué caracteriza las respuestas del padre cuando Kafka trata con él el   tema del <strong>sexo</strong> o del <strong>matrimonio</strong>?</li>
<li>¿Por qué motivo eligió Kafka la carrera de <strong>Derecho</strong> y el empleo de   la Oficina de Seguros?</li>
<li>¿Qué efectos tenían sobre Kafka los <strong>castigos</strong> a los que le sometía   el padre?</li>
<li>¿Qué implicaciones tiene para Kafka el consejo del padre de que se pase   por un <strong>burdel</strong> antes de elegir novia?</li>
<li>¿Qué significa que Kafka asocie sexualidad y <strong>suciedad</strong>?</li>
<li>¿Crees que Kafka se está <strong>vengando de su padre</strong> mediante la   autodestrucción?</li>
</ol>
<h2>Textos para comentar</h2>
<ol>
<li>Miedo del padre</li>
<li>Desprecio de sí mismo</li>
<li>Complejo de Edipo</li>
<li>Sensación de fracaso</li>
<li>Ineficacia del castigo</li>
<li>Retraimiento-Enfrentamiento (Erich Fromm)</li>
<li>Autodestrucción: Estudios Universitarios de Derecho</li>
<li>Sexualidad: Impotencia, Matrimonio, Prostitución</li>
<li>Hipocondria</li>
</ol>
<p><strong>Franz Kafka: <em>Carta al padre. </em>Barcelona: Bruguera,  1983.</strong></p>
<h2>1. Miedo del padre</h2>
<blockquote><p>&#8220;Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación.</p></blockquote>
<p>Franz Kafka: <em>Carta al padre, </em>p. 7.</p>
<blockquote><p>Creías que era, más o menos, así: durante tu vida entera trabajaste duramente, sacrificando todo a tus hijos, en especial a mí. Por lo tanto, yo he vivido cómodamente, he tenido absoluta libertad para estudiar lo que se me dio la gana, no he tenido que preocuparme por el sustento, por nada, por lo tanto, y en cambio de eso, tú no pedías gratitud (tú conoces como agradecen los hijos) pero esperabas por lo menos algún acercamiento, alguna señal de simpatía; por el contrario, yo siempre me he apartado de ti, metido en mi cuarto, con mis libros, con amigos insensatos, con mis ideas descabelladas; jamás hablé francamente contigo, en el templo jamás me acerqué a ti, en Franzenbad no fui jamás a visitarte, tampoco he conocido el sentimiento de familia, ni me ocupé del negocio ni de tus otros asuntos, te endosé la fábrica y te abandoné luego, apoyé a Otila en su terquedad, y mientras que por ti no muevo ni un dedo (si siquiera te traigo una entrada para el teatro), no hay cosa que no haga por mis amigos.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 7</p>
<blockquote><p>Todavía años más tarde me perseguía la visión aterradora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin motivo, venir de noche a sacarme de la cama y llevarme al balcón, a tal punto yo no era nada para él.</p></blockquote>
<blockquote><p>Aquello fue entonces solamente un breve comienzo, pero esa sensación de nulidad que con frecuencia me domina (en otro sentido, sin duda, también una sensación noble y fértil), se debe en gran parte a tu influencia.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 13</p>
<h2>2. Desprecio de sí mismo</h2>
<blockquote><p>Bastaba con estar contento por cualquier causa, absorbido por ella, llegar a casa y expresarla, para que la respuesta fuese un suspiro irónico, un meneo de cabeza, un golpeteo de los dedos sobre la mesa: &#8220;Yo vi cosas mejores&#8221;, o &#8220;me conmueves con tus preocupaciones&#8221;, o &#8220;no tengo una cabeza tan descansada&#8221;, &#8220;trata de comprar algo con eso&#8221; o &#8220;qué acontecimiento&#8221;.</p></blockquote>
<p><em><em>ibid</em></em>, p. 15</p>
<h2>3. Complejo de Edipo</h2>
<blockquote><p>Compáranos a los dos: yo, para decirlo buenamente, un Lówy con cierto fondo de los Kafka, a quien sin embargo no impulsa esa voluntad de vivir, de comerciar y de conquistar típica de los Kafka, sino un aguijón de los Lówy, que actúa en otra dirección, más secreto, más tímido, y que con frecuencia cesa por completo. Tú, en cambio, un verdadero Kafka en cuanto a fuerza, salud, apetito, volumen de voz, cualidades oratorias, autosatisfacción, superioridad humana, perseverancia, presencia de ánimo, conocimiento de los hombres y cierta amplitud de miras&#8230;</p></blockquote>
<p><em>bid</em>, p. 10-11</p>
<blockquote><p>Por esa razón el mundo quedó para mí dividido en tres partes: una donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente para mí, y a las que, además, no sabía porqué, no podía adaptarme por entero; luego, un segundo mundo, infinitamente distinto del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo donde vivía la demás gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia. Yo me hallaba siempre en una vergonzosa situación: o bien obedeciendo tus órdenes, lo cual implicaba una afrenta, ya que sólo tenían vigencia para mí, o bien adoptando una actitud obstinada, lo que también era ignominioso, ya que era imposible mantenerse obstinado frente a ti, o bien no podía obedecerte porque no poseía, simplemente, ni tu fuerza, ni tu apetito, ni tu habilidad, a pesar de que tu exigías eso como algo que se da por sobreentendido; y ésta era sin duda la vergüenza mayor.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>,        p. 18</p>
<blockquote><p>Y además, sin poder alegar nada en contrario, ya que contigo resulta imposible iniciar una conversación tranquila si no estás de acuerdo de antemano con el asunto que se tratará o, simplemente, si no parte de ti. Tu temperamento dominante no lo permite. En los últimos años eso lo explicabas atribuyéndolo a tu nerviosidad cardíaca, pero yo no puedo decir que alguna vez haya sido esencialmente distinto; cuanto más, esa nerviosidad cardíaca es para ti un pretexto para ejercer tu dominación, ya que tomarla en cuenta obliga al otro a ahogar forzosamente el último intento de contradicción.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 20</p>
<blockquote><p>&#8220;Si quería escapar de ti, también debía hacerlo de la familia, y hasta de mi madre. En ella, era siempre posible encontrar protección, pero tan sólo en relación contigo. Te amaba demasiado, demasiada era su fidelidad hacia ti como para que, en la lucha del hijo, ella pudiese constituir, en forma duradera, un poder espiritual independiente. Reconocerlo fue una intuición correcta del niño, porque, a través de los años, mi madre se unió cada vez más a ti&#8230;</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 34</p>
<h2>4. Sensación       de fracaso</h2>
<blockquote><p>Si comenzaba a hacer algo que no fuera de tu gusto y tú me amenazabas con el fracaso, el respeto por tu opinión era tan grande en mí, que el fracaso, aunque fuese mucho más tarde, era irremediable.<br />
Perdí la confianza en mis actos. Yo era inconstante, indeciso. A medida que fui creciendo aumentó el material que podías señalar como testimonio de mi inutilidad; poco a poco, en ciertos aspectos, comenzaste a tener razón.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 22</p>
<h2>5.       Ineficacia del castigo</h2>
<blockquote><p>Cuántas veces tuvo que repetirse esta escena y otras semejantes, y cuán poco, en realidad, has logrado con ello. Creo que esto se debe a que el grado de ira y de enojo no parecía estar en relación correcta con el asunto; se tenía la sensación de que tu cólera no podía haber sido provocada por esa nimiedad del estar sentado lejos de la mesa, sino que existía en su entera magnitud ya desde un principio, y hubiese tomado sólo por casualidad ese preciso detalle como pretexto para su descarga. Y como uno tenía la certeza de que siempre encontrarías un pretexto y, conjuntamente, la convicción de no ser apaleado, uno no prestaba mayormente atención y se insensibilizaba además bajo la constante amenaza. Se convertía uno en una criatura huraña, desatenta, desobediente, que buscaba constantemente una forma de huída, una huída interior casi siempre. Así, tú sufrías, y sufríamos nosotros&#8230;</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 24</p>
<blockquote><p>También es verdad que nunca me golpeaste realmente. Pero esos gritos, ese enrojecimiento de tu rostro, ese rápido movimiento para quitarte los tiradores y colocarlos deliberadamente en el respaldo de la silla, todo eso era casi peor para mí. &#8220;Es como uno cuando va a ser ahorcado. Si realmente lo ahorcan, está muerto y todo se acabó. Pero si tiene que asistir a todos los preparativos para su ejecución y sólo cuando el nudo corredizo ya cuelga ante sus ojos se entera del indulto, es posible que quede afectado por ello durante toda su vida. Además, de tantas veces en que, según tu opinión claramente expresada, merecía yo una paliza de la que me salvaba por poco, gracias a tu perdón, sólo conseguía acumular un sentimiento de culpa todavía más grande. Desde todos los ángulos, yo<br />
quedaba siempre culpable frente a ti.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 28</p>
<h2>6.       Retraimiento-Enfrentamiento (Erich Fromm)</h2>
<blockquote><p>&#8220;El resultado visible e inmediato de esta educación fue que huyera de todo lo que aún de lejos te recordase. En primer lugar, del negocio. (&#8230;)</p></blockquote>
<blockquote><p>A ti, en cambio, yo te veía gritar, insultar y rabiar en el negocio, de una manera tal que, a mi parecer de aquel entonces, no sucedía en parte alguna del mundo. Y no sólo se trataba de insultos, sino también de otras formas de tiranía. Como, por ejemplo, cuando arrojabas del mostrador, de un manotazo, mercaderías que, no querías reconocer, habías confundido con otras, y el dependiente tenía que levantarlas (sólo la inconsciencia de tu ira hubiera podido ser una pequeña excusa). O tus, palabras constantes, referidas a un dependiente tísico: &#8220;¡Que reviente, ese <strong>perro        enfermo</strong>!&#8221;. A tus empleados los llamabas &#8220;enemigos pagados&#8221;, y lo eran, pero, aún antes de que lo fuesen, tú me parecías ser su &#8220;enemigo que paga&#8221;. Allí recibí también la importante lección de que tú podías ser injusto; por mí mismo no lo hubiese llegado a notar tan rápidamente&#8230;</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 32</p>
<blockquote><p>Acerca de Ottla, apenas si me atrevo a escribir; sé que con ello pongo en juego todas las esperanzas del resultado que espero de esta carta. En circunstancias normales, es decir, cuando no se halla en peligro ni padece ningún sufrimiento especial, tú sientes odio por ella; tú mismo me has confesado que, a tu parecer, ella te causa siempre intencionalmente sufrimientos y disgustos, y que, en tanto tú sufras por su causa, ella se sentirá satisfecha y alegre. Una especie de demonio, por lo tanto.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>,        p. 32</p>
<blockquote><p>&#8220;Con mayor acierto dirigías tu aversión contra mi escribir y contra todo aquello que, desconocido para ti, se relacionaba con esa actividad. Realmente, en ella me había independizado y alejado un buen trecho de ti, aun cuando la situación recuerde la de un <strong>gusano</strong> que, aplastado por un pie en su parte trasera, avanza con la parte anterior y se arrastra hacia un costado. Me sentía en cierto modo a salvo, podía respirar; la aversión que por supuesto sentías por mis escritos me resultaba, por excepción, sumamente grata. Si bien mi vanidad y mi amor propio sufrían con ese saludo, ya famoso entre nosotros, con que recibías mis libros: &#8220;¡Déjalo sobre la mesa de luz!&#8221; (casi siempre estabas jugando a los naipes cuando llegaba mi libro), en el fondo eso me agradaba, no sólo por mi maldad no saciada todavía, no sólo por el placer de esa nueva confirmación de mi concepto acerca de nuestras relaciones, sino antes que nada porque aquella fórmula me sonaba como si dijeras: &#8220;¡Ahora eres libre!&#8221; Naturalmente, se trataba de un engaño, yo no era libre, o bien, en el caso más favorable, aún no lo era. Mis escritos trataban de ti: en ellos quedaban consignadas las quejas que yo no podía presentarte a ti, en persona.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 32</p>
<h2>7. Autodestrucción: Estudios       Universitarios de Derecho</h2>
<blockquote><p>Por consiguiente, estudié derecho. Esto significa que en los meses inmediatos a los exámenes, y con gran perjuicio para los nervios, me alimenté de serrín, al que por lo demás ya habían premasticado mil bocas. Pero, en cierto sentido, eso me gustaba, como antes, también en cierto sentido me gustaba el colegio, y más tarde mi profesión de empleado, porque todo eso correspondía por entero a mi situación. De cualquier manera, demostré, a este respecto, una asombrosa previsión: ya desde niño tenía presentimientos bastante claros en lo que se refiere a estudios y profesión. De ellos no esperaba salvación alguna: hacía tiempo que había renunciado a lograrla con tales recursos.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 52</p>
<h2>8. Sexualidad: impotencia, matrimonio,  prostitución</h2>
<blockquote><p>&#8220;Recuerdo una noche en que salimos de paseo contigo, y con mi madre; en la Plaza Joseph, cerca de donde está hoy el Banco Länder, comencé a hablar de asuntos importantes en forma tonta, grandilocuente, con aires de superioridad, orgullo, serenidad (que no era auténtica), frialdad (que sí lo era) y tartamudeando, como era normal casi siempre que hablaba contigo; les eché en cara el haberme dejado en la ignorancia, el que unos compañeros hubieran tenido que ocuparse de mí, el haberme dejado expuesto a grandes peligros (aquí, de acuerdo con mi costumbre, mentía desvergonzadamente, a fin de mostrarme valiente, ya que debido a mi carácter miedoso no tenía una idea exacta de lo que pudieran ser &#8220;grandes peligros&#8221;), pero al final di a entender que ahora, por suerte, ya lo sabía todo, no necesitaba consejo alguno y todo estaba en orden. De cualquier manera, el motivo principal para haber comenzado a hablar era el placer que me producía tocar ese tema, luego también por curiosidad y, por último, también para vengarme de ustedes de cualquier manera y por cualquier motivo. Tú, de acuerdo con tu carácter, tomaste el asunto con suma sencillez; dijiste tan sólo, más o menos, que <strong>podías darme un consejo</strong> para que yo pudiese seguir en esas cosas sin peligro. Quizá mi propósito fuera justamente inducirte a una respuesta semejante, que se avenía muy bien con la concuspicencia de un niño bien alimentado con carne y con buenos manjares, físicamente inactivo y siempre ocupado de sí mismo, pero, no obstante, mi vergüenza exterior quedó tan herida con ella, que ya no pude, en contra de mi voluntad, seguir hablando contigo, de modo que interrumpí la conversación con altiva insolencia.</p></blockquote>
<p>(&#8230;)</p>
<blockquote><p>Su significado, real, que ya aquella vez se grabó en mí pero que sólo después llegué a comprender, y a medias, era el siguiente: aquello que me aconsejabas era, según tu opinión y más aún en la mía de entonces, lo más sucio posible. Tu cuidado para que no llevara, físicamente, nada de esa suciedad a casa, era asunto secundario, porque con ello únicamente te protegías tú, tú casa. Lo principal era, más bien, que permanecieras ajeno a tu consejo: un hombre casado, un hombre puro, que estaba por encima de esas cosas. Esta interpretación se agudizó más aún para mí por el hecho de que también el matrimonio me pareciese una unión indecente y, por lo tanto, me fuese imposible aplicar a mis padres aquellas generalidades de que había enterado con respecto al matrimonio. Por ello, tú resultabas todavía más puro, te elevabas más aún. La idea de que tal vez antes de tu matrimonio te hubieses dado a ti mismo un consejo semejante, me parecía por completo inconcebible. Así, no quedaba en ti ni el menor vestigio de <strong>suciedad</strong> terrena. Y eras tú, justamente, quien me empujaba a esa suciedad, como si yo estuviese destinado a ella. Si en ese momento el mundo hubiera estado formado por tú y yo (imagen que siempre estaba bastante cerca de mí), entonces la pureza del mundo finalizaba contigo, y comenzaba conmigo, por obra de tu consejo, su suciedad. Por sí solo, era en verdad incomprensible el hecho de que me sentenciaras de ese modo: sólo podía explicármelo una culpa antigua y el más profundo desprecio de tu parte. Y con ello, una vez más, estaba atrapado, y por cierto rigurosamente, en mi fuero más íntimo.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 56-58</p>
<blockquote><p>&#8220;Supongo que ella se habrá puesto alguna blusa llamativa, como suelen hacerlo las judías de Praga, y acto seguido, naturalmente, te decidiste a casarte con ella. Y eso cuanto antes, dentro de una semana, mañana, hoy. Yo no te entiendo: eres un hombre grande, vives en la ciudad y no encuentras nada mejor que casarte en seguida con una cualquiera. ¿No hay otras posibilidades? Si no te atreves, yo iré contigo, personalmente.&#8221;</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 58</p>
<blockquote><p>¿Por qué, entonces, no me casé? Había, como siempre las hay, algunas dificultades, pero la vida consiste ciertamente en aceptarlas. La dificultad esencial, independiente por desgracia del caso en sí, era que, a ojos vista, soy espiritualmente incapaz de casarme. Esto se manifiesta en el hecho de que, desde el momento en que adopto la decisión de casarme, ya no puedo dormir, la cabeza me arde día y noche, la vida ya no es vida, y desesperado, ando tambaleándome de un lado a otro. No son en realidad las preocupaciones las que producen esto, si bien las acompañan inquietudes infinitas, surgidas de mi pesadez y pedantería, pero ellas no son lo decisivo, aunque consumen como gusanos su tarea en el cadáver; las que me derriban definitivamente son otras causas: la presión general del miedo, la debilidad, el menosprecio de mí mismo.</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 60</p>
<h2>9. Hipocondria</h2>
<blockquote><p>Por ejemplo, en forma de preocupación por mi salud; comenzó despacio, de vez en cuando surgía un leve temor por la digestión, por la pérdida de cabello, por una desviación en la columna vertebral, etc., pero fue creciendo con innumerables gradaciones hasta concluir por último en una enfermedad verdadera. Como no estaba seguro de nada, necesitaba a cada momento una nueva confirmación de<br />
mi existencia; o no poseía nada que fuese de mi verdadera, indudable, única y exclusiva propiedad, como era, por cierto, un hijo desheredado, también lo más cercano, mi propio cuerpo, se me volvió inseguro; crecí estirándome hacia lo alto, pero no sabía qué hacer con ello, la carga era muy pesada, la espalda se me encorvó; apenas me atrevía a moverme o a realizar ejercicios físicos; quedé débil, asombrado ante aquello que aún poseía, como si fuesen milagros, así por ejemplo, mi buena digestión: eso bastó para que la perdiera y así quedó libre el camino hacia la hipocondría hasta que, como consecuencia del esfuerzo sobrehumano de mi deseo de casarme (del que hablaré luego), la sangre brotó de mis pulmones, hecho en el cual puede haber tenido sobrada participación el cuarto en el Palacio Schönborn (que sólo conservaba porque creía necesitarlo para escribir, de manera que también esto pertenece al asunto).</p></blockquote>
<p><em>ibid</em>, p. 49</p>
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