Aula de Filosofía de Eugenio Sánchez Bravo

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Platón: República, libro X

René Magritte, La Clef de champs (La llave de los campos,1936, Thyssen-Bornemisza, Madrid). "¿Qué es lo que persigue la pintura con respecto a cada objeto, imitar a lo que es tal como es o a lo que aparece tal como aparece? O sea, ¿es imitación de la realidad o de la apariencia?" Platón, República, libro X.

El libro X de República abandona por un momento el tema principal del diálogo, la posibilidad del “tirano feliz” que habían sugerido Trasímaco y Glaucón en los libros I y II, para centrarse en un tema de Estética o Teoría de las artes: las razones por las que se excluyó a la poesía imitativa de la ciudad ideal. El libro y el diálogo concluyen con el famoso Mito de Er. Una vez que Platón ha demostrado que el tirano es el más infeliz de los hombres le queda argumentar a favor de la felicidad del justo. En esta, como en todas las demás cuestiones en las que la filosofía se revela insuficiente, Platón recurre al mito. En este caso un “cuento” de cielo e infierno.

Existen tres niveles de realidad. Si tomamos como ejemplo una mesa o una cama, podríamos decir que existe la Idea de cama creada por el Demiurgo que asimismo produjo todas las plantas, animales, cielos y tierra imitando a las Ideas, la cama real fabricada por el artesano a imagen de la Idea y la pintura de la cama hecha por el pintor. Este no hace nada real sino que es un imitador de lo que otros son artesanos. Es decir, el pintor y las demás artes miméticas no persiguen imitar las cosas tal como son sino tal como aparecen.

Ocurre algo semejante con la poesía de Homero y los grandes trágicos. Se dice que estos conocen todos los “asuntos humanos en relación con la excelencia y el malogro e incluso los asuntos divinos”. Pero su conocimiento no es conocimiento de la Idea sino una imitación de tercer nivel como la del pintor. Si los poetas pudiesen crear realidades no se entretendrían con versos sino que irían directos a las cosas efectivas. Si Homero hubiese conocido la verdadera excelencia en el gobierno de los Estados y la educación de los hombres la habría puesto en práctica en la realidad como Licurgo en Lacedomonia o Solón en Atenas. Pero ¿qué Estado se ha creado siguiendo las indicaciones de Homero? Ninguno. Homero no obtuvo victoria alguna en la guerra, ni produjo invención ingeniosa alguna como sí lo hizo Tales de Mileto, ni creó un modelo educativo como el pitagórico. Aunque sofistas como Protágoras de Abdera o Pródico de Ceos afirmen que no es posible administrar una casa o un Estado sin tener en cuenta a Homero, los contemporáneos de este no lo vieron de ese modo pues en lugar de aferrarse a él como si fuese oro lo tenían de pueblo en pueblo recitando poesías.

Con respecto a cada cosa hay tres artes: el del que la usa, el del que la hace y el del que imita. La excelencia de cada cosa está en función de su fin o utilidad así que el arte que mejor conoce cómo debe ser la fabricación de cada cosa es el del que la usa. Por ejemplo, será el flautista quien aconseje al fabricante de flautas cómo hacerlas. El imitador, en cambio, no tendrá conocimiento de las cosas que imita, en cuanto a su bondad o maldad. El único conocimiento que posee el imitador es el de imitar “lo que pasa por bello para la multitud ignorante“. La imitación no es más que un juego que no debe ser tomado en serio.

El arte de la medición, que se apoya en las matemáticas, se dirige a la parte racional del alma, mientras que el arte de la imitación busca complacer a los sentidos engañosos y, por tanto, a las partes inferiores del alma. Por ejemplo, ante un hecho dramático como la muerte de un ser querido la ley racional ordena no abandonarse a lamentos y quejas sino aceptar lo sucedido y mirar al futuro. Sin embargo, la poesía imitativa se complace continuamente en el recuerdo inconsolable de lo acontecido.

Tampoco se le da bien a la poesía imitar a la parte racional del alma pues es un carácter que le es ajeno. Se relaciona mejor con el carácter irritable y variado que corresponde al gusto de la multitud y a las partes inferiores del alma. Por alimentar las bajas pasiones de la multitud el arte poética será expulsada del Estado ideal. No puede ocurrir que los héroes de Homero griten, se lamentan y golpean el pecho para agrado de las masas cuando es evidente para cualquiera que deberíamos enorgullecernos de lo contrario, de poder guardar la calma. Lo mismo sucede con la comedia y las pasiones sexuales: nos reímos de payasadas que deberíamos detestar con intensidad y donde la poesía debería recomendar autocontrol convierte al deseo en gobernante del alma.

Platón concluye que expulsar a la poesía de la ciudad ideal es tan necesario y doloroso como abandonar un amor temprano que ya no es provechoso sino perjudicial.

Una vez descartada la posibilidad de que el injusto sea feliz le queda a Platón analizar los premios que ha de recibir el hombre justo. Estos no se limitarán al breve tiempo que vivimos puesto que el alma del hombre es inmortal. A continuación, Sócrates ofrece una prueba de la inmortalidad del alma.  Para cada cosa hay algo malo y algo bueno: la enfermedad para el cuerpo o el óxido para el hierro. El mal que le corresponde a cada cosa por naturaleza es quien la destruye y si no la destruye este mal nada podrá corromperla. Así, los males del alma no son capaces de disolverla. Por tanto, al contrario que el cuerpo, que finalmente es vencido por la enfermedad, el alma permanece incólume a pesar de volverse injusta o sacrílega. Quienes aún dudan ante este argumento les ocurre que están confusos por la costra  de “piedras y conchas” que la pertenencia a un cuerpo ha creado alrededor del alma. Si pudiesen contemplarla pura como es realmente, en su afinidad con lo divino y amor por la sabiduría no tendrían miedo en concluir su inmortalidad.

¿Qué premios recibirá el alma del hombre justo? En primer lugar, a los dioses no se les escapa quién es justo y quién injusto. Al justo, amado por los dioses, todo cuanto viene de estos le resulta del mejor modo posible. Los hombres, aunque tarden más en reconocerlo, también terminan por otorgar al justo los premios que corresponden a su reputación. Los justos terminan al mando de sus Estados, se casan con hijas de las familias que prefieren y dan a sus hijos en matrimonio con quienes les place. Los injustos, por el contrario, terminan en la cárcel y en la vejez se convierten en miserables, despreciados hasta por los extranjeros y azotados como los esclavos.

Sin embargo, los verdaderos premios y castigos llegan tras la muerte. Sócrates tiene noticia de estos premios y castigos gracias a Er, el armenio. Este fue un bravo varón muerto que, tras haber caído en el campo de batalla, fue recogido a los diez días para ser incinerado. Una vez en la pira despertó y volvió a la vida. Er contó que, al morir, su alma había dejado el cuerpo y se había puesto en camino junto a muchas otras hasta llegar a “un lugar maravilloso donde había en la tierra dos aberturas, una frente a la otra, y arriba, en el cielo, otras dos opuestas  a las primeras. Entre estas puertas había jueces sentados que colgaban una etiqueta de justo o injusto a cada una de las almas. Los justos iban arriba a la derecha mientras que los injustos abajo a la izquierda. En la otra abertura del cielo se veía bajar inquietas a las almas hacia la tierra y en la otra abertura de la tierra se veía subir con alivio a otras. Acerca de los castigos Er relató lo siguiente:

  1. “… cuantas injusticias había cometido cada una, contra alguien, todas eran expiadas por turno, diez veces por cada una, a razón de cien años en cada caso -por ser esta la duración de la vida humana-, a fin de que se pagara diez veces cada injusticia.” 615 b
  2. “… si eran responsables de muchas muertes, fuera por traicionar a Estados o a ejércitos, reduciéndolos a la esclavitud”, recibían por cada delito un castigo diez veces mayor.
  3. Las que había sido justas recibían recompensas en la misma proporción.
  4. Sobre los niños que habían muerto al nacer Er contó cosas que no vale la pena recordar.
  5. Castigos y recompensas eran mucho mayores si la maldad se había cometido contra los padres o los dioses.
  6. A los tiranos como Ardileo les sucederá lo siguiente. Cuando hayan creído que han sufrido suficiente castigo y estén a punto de ascender de la tierra al cielo sonará un mugido que lo impedirá. Unos hombres de fuego los encadenarán, los arrojarán al suelo y los apalearán violentamente, para, a continuación, arrojarlos al Tártaro.

Después de pasar siete días en el prado se requería a las almas que se pusieran en marcha. A los cuatro días llegaban al palacio de la Necesidad donde las recibían sus hijas Las Parcas, Láquesis, Cloto y Atropo. Un profeta las colocaba en fila y tomaba modelos de vida y números de lotería de las rodillas de Láquesis. A continuación decía:

“Palabra de la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: almas efímeras, éste es el comienzo, para vuestro género mortal, de otro ciclo anudado a la muerte. No os escogerá un demonio sino que vosotros escogeréis un demonio.  Que el que resulte por sorteo el primero elija un modo de vida, al cual quedará necesariamente asociado. En cuanto a la excelencia, no tiene dueño, sino que cada uno tendrá mayor o menor parte de ella según la honre o la desprecie; la responsabilidad es del que elige, Dios está exento de culpa”. Tras decir esto, arrojó los lotes entre todos, y cada uno escogió el que le había caído al lado, con excepción de Er, a quien no le fue permitido. A cada uno se le hizo entonces claro el orden  en que debía escoger. Después de esto, el profeta colocó en tierra, delante de ellos, los modelos de vida, en número mayor que el de los presentes, y de gran variedad. Había toda clase de vidas animales y humanas: tiranías de por vida, o bien interrumpidas por la mitad, y que terminaban en pobreza, exilio o mendicidad; había vidas de hombres célebres por la hermosura de su cuerpo  o por su fuerza en la lucha, o bien por su cuna y por las virtudes de sus antepasados; también las había de hombres oscuros y, análogamente, de mujeres. Pero no había en estas vidas ningún rasgo del alma, porque ésta se volvía inexorablemente distinta según el modo de vida que elegía; mas todo lo demás estaba mezclado entre sí y con la riqueza o con la pobreza, con la enfermedad o con la salud, o con estados intermedios entre éstas. Según parece, allí estaba todo el riesgo para el  hombre, querido Glaucón. Por este motivo se deben desatender los otros estudios y preocuparse al máximo sólo de éste, para investigar y conocer si se puede descubrir y aprender quién lo hará capaz y entendido para distinguir el modo de vida valioso del perverso, y elegir siempre y en todas partes lo mejor en tanto sea posible, teniendo en cuenta las cosas que hemos dicho, en relación con la excelencia de su vida, sea que se las tome en conjunto o separadamente. Ha de saber cómo la hermosura, mezclada con la pobreza o la riqueza o con algún estado del alma, produce el mal o el bien, y qué efectos tendrá el nacimiento noble y plebeyo, la permanencia en lo privado o el ejercicio de cargos públicos, la fuerza y la debilidad, la facilidad y la dificultad de aprender y todas las demás cosas que, combinándose entre sí, existen por naturaleza en el alma o que ésta adquiere; de modo que, a partir de todas ellas, sea capaz de escoger razonando el modo de vida mejor o el peor, mirando a la naturaleza del alma, denominando ‘el peor’ al que la vuelva más injusta, y ‘mejor’ al que la vuelva más justa, renunciando a todo lo demás, ya que hemos visto que es la elección que más importa, tanto en vida como tras haber muerto. Y hay que tener esta opinión de modo firme, como el adamanto, al marchar  al Hades, para ser allí imperturbable ante las riquezas y males semejantes, y para no caer en tiranías y en otras acciones de esa índole con que se producen muchos males e incurables y uno mismo sufre más aún; sino que hay que saber siempre elegir el modo de vida intermedio entre éstos y evitar los excesos en uno u otro sentido, en lo posible, tanto en esta vida como en cualquier otra que venga después; pues es de este modo como el hombre llega a ser más feliz.

Y entonces el mensajero del más allá narró que el profeta habló de este modo: “Incluso para el que llegue último, si elige con inteligencia y vive seriamente, hay una vida con la cual ha de estar contento, porque no es mala. De modo que no se descuide quien elija primero ni se descorazone quien resulte último”. Y contó que, después de estas palabras, aquel a quien había tocado ser el primero fue derecho a escoger la más grande tiranía, y por insensatez y codicia no examinó suficientemente la elección, por lo cual no advirtió que incluía el destino de devorarse a sus hijos y otras desgracias; pero cuando la observó con más tiempo, se golpeó el pecho, lamentándose de su elección, por haber dejado de lado las advertencias del profeta; pues no se culpó a sí mismo de las desgracias, sino al azar, a su demonio y a cualquier otra cosa menos a él mismo. Era uno de los que habían llegado desde el cielo y que en su vida anterior había vivido en un régimen político bien organizado, habiendo tomado parte en la excelencia, pero por hábito y sin filosofía. Y podría decirse que entre los sorprendidos en tales circunstancias no eran los menos los que habían venido del cielo, por cuanto no se habían ejercitado en los sufrimientos. Pero la mayoría de los que procedían de bajo tierra, por haber sufrido ellos mismos y haber visto sufrir a otros, no actuaban irreflexivamente al elegir. Por este motivo, además de por el azar del sorteo, era por lo que se producía para la mayoría de las almas el trueque de males y bienes. Porque si cada uno, cada vez que llegara a la vida de aquí, filosofara sanamente y no le tocara en suerte ser de los últimos, de acuerdo con lo que se relataba acerca del más allá probablemente no sería sólo feliz aquí sino que también haría el trayecto de acá para allá y el regreso de allá para acá no por un sendero áspero y subterráneo, sino por otro liso y celestial. Dijo Er, pues, que era un espectáculo digno de verse, el de cada alma escogiendo modos de vida, ya que inspiraba piedad, risa y asombro, porque en la mayoría de los casos se elegía de acuerdo con los hábitos de la vida anterior. Contó que había visto al alma que había sido de Orfeo eligiendo la vida de un cisne, por ser tal su odio al sexo femenino, a raíz de haber muerto a manos suyas, que no consentía en nacer procreada en una mujer; y que había visto también el alma de Támiras escogiendo la vida de un ruiseñor, y, a su vez, a un cisne que, en su elección, trocaba su modo de vida por uno humano, y del mismo modo con otros animales cantores. Al alma que le tocó en suerte ser la vigésima la vio eligiendo la vida de un león: era la de Ayante Telamonio, que, recordando el juicio de las armas, no quería renacer como hombre. A ésta seguía la de Agamenón, también en conflicto con la raza humana debido a sus padecimientos, que se intercambiaba con una vida de águila. Al alma de Atalanta le tocó en suerte uno de los puestos intermedios, y, luego de ver los grandes honores rendidos a un atleta, ya no pudo seguir de largo sino que los cogió. Después de ésta vio la de Epeo, hijo de Panopeo, que pasaba a la naturaleza de una mujer artesana; y lejos, en los últimos puestos, divisó el alma del hazmerreír Tersites, que se revestía con un cuerpo de mono; y la de Ulises, a quien por azar le tocaba ser la última de todas, que avanzaba para hacer su elección y, con la ambición abatida por el recuerdo de las fatigas pasadas, buscaba el modo de vida de un particular ajeno a los cargos públicos, dando vueltas mucho tiempo; no sin dificultad halló una que quedaba en algún lugar, menospreciada por los demás, y, tras verla, dijo que habría obrado del mismo modo si le hubiera tocado en suerte ser la primera, y la eligió gozosa. Análogamente, los animales pasaban a hombres o a otros animales, transformándose los injustos en salvajes y los justos en mansos; y se efectuaba todo tipo de mezclas. Una vez que todas las almas escogieron su modo de vida, se acercaban a Láquesis en el orden que les había tocado. Láquesis hizo que a cada una la acompañara el demonio que había escogido, como guardián de su vida y ejecutor de su elección. Cada demonio condujo a su alma hasta Cloto, poniéndola bajo sus manos y bajo la rotación del huso que Cloto hacía girar, ratificando así el destino que, de acuerdo con el sorteo, el alma había escogido. Después de haber tocado el huso, el demonio la condujo hacia la trama de Atropo, para que lo que había sido hilado por Cloto se hiciera inalterable, y de allí, y sin volver atrás, hasta por debajo del trono de la Necesidad, pasando al otro lado de éste. Después de que pasaron también las demás, marcharon todos hacia la planicie del Olvido, a través de un calor terrible y sofocante. En efecto, la planicie estaba desierta de árboles y de cuanto crece de la tierra. Llegada la tarde, acamparon a la orilla del río de la Desatención, cuyas aguas ninguna vasija puede retenerlas. Todas las almas estaban obligadas a beber una medida de agua, pero a algunas no las preservaba su sabiduría de beber más allá de la medida, y así, tras beber, se olvidaban de todo. Luego se durmieron, y en medio de la noche hubo un trueno y un terremoto, y bruscamente las almas fueron lanzadas desde allí —unas a un lado, otras a otro— hacia arriba, como estrellas fugaces, para su nacimiento. A Er se le impidió beber el agua; por dónde y cómo regresó a su cuerpo, no lo supo, sino que súbitamente levantó la vista y, al alba, se vio tendido sobre la pira. (618a y ss)

Cuestionario.

  1. Según Platón la filosofía es conocimiento, ciencia, mientras que el discurso de las artes sobre la excelencia del hombre o del Estado es copia de una copia. Ofrece algún ejemplo de obra de arte que contradiga la teoría de Platón.
  2. Platón acusa al arte de imitar sólamente aquello que pasa por bello para la multitud ignorante. Pon algunos ejemplos de arte comercial o de masas que cumpla este criterio.
  3. ¿Debe el arte consagrarse a mejorar la virtud de los ciudadanos o la función del arte es meramente entretener? Razona tu respuesta. Utiliza ejemplos.
  4. Compara el mito de Er con las ideas cristianas de cielo e infierno.
  5. Expón detalladamente la prueba de la inmortalidad del alma. Compárala con las pruebas del Fedón.
  6. ¿Qué opinión tienes del convencimiento platónico de que los dioses cuidan del hombre justo? Razona tu respuesta utilizando ejemplos.

Bibliografía.

Platón: Diálogos IV. República. Eggers Lan, C. (trad.) Madrid: Editorial Gredos, 1986.

8 comentarios el “Platón: República, libro X

  1. Pingback: Lecturas recomendadas Historia de la Filosofía « Aula de Filosofía de Eugenio Sánchez Bravo

  2. Pingback: Shostakovich, sinfonía nº 5 « Aula de Filosofía de Eugenio Sánchez Bravo

  3. Ente
    26 junio, 2010

    Hola, me gustaría recomendar esta retórica canción:

    Muy atentos a los subtítulos, el mensaje es exquisito.

  4. Ente
    28 junio, 2010

    Hola, profesor. Me gustan las palabras de Carl Sagan: “El Cosmos está también dentro de nosotros. Estamos hechos de materia estelar. Somos un medio para el Cosmos de conocerse a sí mismo”.

    “Somos un medio para el Cosmos de conocerse a sí mismo”.

    Todo un poema científico.

  5. Anónimo
    5 mayo, 2013

    Perfecta la relación del libro x de platón con la pintura de magritte.

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Esta entrada fue publicada en 9 junio, 2010 por en Autores, Platón, República y etiquetada con , , , .

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